miércoles, 20 de enero de 2016

EL CANIBALISMO POLÍTICO



EL CANIBALISMO POLÍTICO


FUENTE: Víctor Meza





Las  luchas  internas  en  los  partidos  políticos,  sin  importar  el  signo  ideológico  o  la  doctrina  que  los distingue y alienta, suelen desembocar en feroces reyertas y venganzas personales que, al final de cuentas, lejos de fortalecer y dar cohesión orgánica al partido, acaban fracturándolo y, por lo mismo, debilitándolo.

Después  de  un  proceso  electoral,  esas  luchas  se  intensifican  y  amplían,  tanto  en  los  partidos perdedores como en el seno del ganador. Los derrotados tienden a exigir cuentas, mientras que los vencedores   exigen   cuotas   de   poder.   Ambas   razones   son   suficientes   para   abrir   la   pelea   y ensangrentar la arena.

En el caso de los que perdieron la elección, los reclamantes van por la cabeza de los responsables.

Exigen cambios en la conducción y revisión profunda del liderazgo político. En cambio, en el caso de los  que  ganaron  la  batalla,  el  reclamo  está  ligado  a  la  concepción  patrimonial  del  poder,  que convierte al Estado en un botín que debe ser repartido y distribuido en cuotas políticas e influencias administrativas concretas.

Después de las recientes elecciones de noviembre de 2013, los contendientes están sumidos ya sea en la euforia desmedida del triunfo o en la frustración y el desencanto de la derrota. Ambos

Estados de ánimo son peligrosos y, con facilidad, se convierten en espacios propicios para la confrontación y la discordia. Los ejemplos sobran y una mirada somera al escenario político local es suficiente para comprobar estas afirmaciones.

En  el  partido  de  gobierno  son  más  que  notorias  las  tendencias  internas  que  disputan  cuotas específicas  de  poder  y  exigen  un  lugar  determinado  bajo  la  sombrilla  estatal,  valga  decir  un  sitio concreto   en   el   presupuesto   nacional.   Muchos   que   creían   tener   asegurados   sus   espacios tradicionales  de  influencia  y  mando, se  han  visto  sorprendidos por  la  inesperada  exclusión. 

Otros, ilusos en  demasía,  siguen  esperando  la  benevolencia  presidencial  y  confían,  ingenuos  a  toda prueba, que “el hombre” (forma feminoide de identificar al jefe o llamar al poder) se acuerde de ellos y los cubra de alguna manera con el manto de su magnanimidad.

Pero el poder obnubila y, a veces, distorsiona de tal manera el carácter y la conducta de quienes lo
Detentan que los reconvierte y transforma en el contrario de lo que fueron antes.

La antigua cortesía se vuelve prepotencia y arrogancia; la sonrisa de antaño se muta en ceño fruncido, al tiempo que la tolerancia  en época  de  campaña  electoral se  traduce  en  exclusión  grosera  y  silencio  hostil.

“El hombre” ya no es el mismo, el poder lo ha cambiado, ha sacado a flote sus pasiones más primarias y ha relegado a un segundo plano las virtudes que ostentaba. Como en una versión curiosa de “La Metamorfosis” de Franz Kafka, nuestro personaje se ha vuelto un clon contradictorio de sí mismo.

Y el que reclama lo que cree merecer, bien puede recibir su merecido. O el que disiente, que corre el riesgo de sufrir el ostracismo burocrático. Peor le puede ir al que pretende disputar el poder futuro y convertirse en aspirante prematuro. La represalia puede llegar a los límites del canibalismo político, o del “cainismo”, como prefieren decir algunos, en alusión directa a la vocación fratricida y “abeliana” de  muchos  correligionarios,  tan  sectarios  como  intolerantes.

Es  la  venganza  con  reminiscencia bíblica,  el  desquite  tardío,  la  fruición  perniciosa  del  vencedor  arrogante. El  hermano  de  ayer convertido en el verdugo de hoy.

En  este  laberinto insufrible,  la  lucha  contra  la  corrupción,  real  o  simulada,  suele  ser  utilizada  como mecanismo  apropiado  para  los  ajustes  de  cuentas.

Con  el  pretexto  de  perseguir  y  condenar  el comportamiento del funcionario indecente, se persigue y hostiliza en realidad al disidente corrupto... o a su padrino político, también corrupto.

 
De esa forma, la verdadera lucha contra la corrupción, que debe castigar al corrupto y sancionar al corruptor, se desnaturaliza y desvirtúa. Queda convertida en un mecanismo de presión o de venganza, forma personalizada de dirimir las discrepancias políticas entre  el  perseguidor  y  el  perseguido...  o  sus  protectores.

La  lucha  contra  las  formas  corruptas  de administrar el Estado se vuelve mecanismo de chantaje, procedimiento apropiado para satisfacer las ansias de los caníbales políticos.

 El Caín dirigente persigue y hostiga al Abel aspirante, investiga a sus  amigos  y  aliados,  le  destapa  la  ola  de  sus  escándalos  (siempre  hay  material  de  sobra  para hurgar  en  la  podredumbre)y  lo  exhibe  como  un  desvergonzado  y  canalla  que,  por  ningún  motivo, merece o mereció dirigir los destinos del país.

Se  acabó  la  amistad  de  ayer,  si  es  que  la  hubo.  Desapareció  la  gratitud,  real  o  fingida,  que  se tributaba al antiguo protector y padrino. Hoy todos son adversarios, son el blanco de la persecución “moralista”  y  depuradora.

 
Los  “nuevos  tiempos”  requieren  nuevos  amigos  y  mejores  aliados.  Es  la hora de los cambios y las mutaciones, el momento casi sublime de la siniestra metamorfosis política.

El  canibalismo  está  alcanzando  su  punto  más  alto  y,  por  lo  visto,  ha  llegado  para  quedarse  por  un buen tiempo. Prepárense, “ganadores” y perdedores

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